29 julio 2025

Hago muchas cosas, pocas son vendibles

Verlos despertar en poses faraónicas, desayunar con la pirámide alimenticia del revés, atusarse los cabellos meduseos.

Al habla el mejor de todos los tiempos, el poeta, Tres Cejas.

Uno va y se apunta a una semana intensiva de improvisación teatral en verano. Y todo parece sencillo. Ir a clase, a la playa y a la nevera a por unas cervezas. Luego el lugar y la gente se encarga de colocar el resto de ladrillos que hace un hogar. Uno se atiborra de conocimientos, toma nota (no, tú, que tomes notas, ahora mismo): Atiborrar al cerebro de cosas hace que, al menos, alguna pille. Estos días encierran, nunca mejor dicho, una peligrosa irrealidad en la que solo nos dedicamos al artisteo. Las escapadas, las vacaciones en realidad son pequeños ensayos de utopías. Practicamos cómo nos gustaría vivir. Aunque el escritor Rafael Sarmentero siempre ha dicho que a partir de los siete días las vacaciones comienzan a hacerse rutina, yo creo en la mediocre felicidad del sísifo. Por eso, volver se convierte en una procesión de la tristeza (o no) hacia las vidas de cada uno. Aquí se ve quién está atrapado y quién no. He visto a conductores de dichos coches fúnebres aprovechar al máximo cada semáforo en rojo para no continuar el camino. Acariciar cada espacio liminal que ofertan las gasolineras.

Hago muchas cosas, pocas son vendibles

Yo he sido feliz en ambos lados, qué quieres que te diga. Si acaso, la diferente excepcionalidad de estar encerrado con otros seres se hace palpable al excavar en ellos. Verlos despertar en poses faraónicas, desayunar con la pirámide alimenticia del revés, atusarse los cabellos meduseos. Los quieres pero no los conoces, haces teatro con ellos pero no con sus corazones. La parte más importante y difícil de cualquier acto colectivo es la asistencia. El mero hecho de reunirse es ya toda una proeza. En este caso, el último día actuamos para la gente del pueblo de Oriñón en la entrada de la iglesia. Fue una sorpresa increíble, los niños estaban maravillados; hubo uno que le dijo a su madre que había sido la mejor tarde de su vida (¿es un niño, vale? no cuenta tanto pero no me arrebatéis esto). Esto permite soñar por encima de las leyes de mercado. Hacemos muchas cosas, pocas son vendibles. Creo que esa puede ser la mejor definición de lo que hago. Las mejores cosas de la vida son contraintuitivas, es por eso que he basado la mía en tener que escuchar como la estoy tirando por la borda. Pero me da igual, tengo una paz que me dieron las palabras de un niño de diez años. Es inmaduro, lo sé. Pero al menos sé por qué lo soy. Chincha.