30 diciembre 2025
Saber romper cosas
Hay que poner la denuncia en una comisaría, esperar en sus ergonómicos asientos, explicar la vergüenza, sonreír en otra foto de carnet más.
Al habla el programador más mediocre de todos los tiempo, David Viñas:
No sé cuando empezó esto. Es posible que hubiera sido siempre y no me haya dado cuenta hasta ahora. Al tiempo de manejar el dinero, de tener que empezar a administrar mi pequeño patrimonio, las cosas empiezan a ser tuyas, el tiempo empieza pertenecerte menos. Y entiendo, sabes, que una cartera robada puede no ser una bancarrota terrible, pero si unos cuantos más elementos a la lista de gestiones. Hay que poner la denuncia en una comisaría, esperar en sus ergonómicos asientos, explicar la vergüenza, sonreír en otra foto de carnet más.
Otras veces, en teatro, se pierden cosas en el montaje o desmontaje, se traspapelan, la importancia impregnada por ti en ellas puede no ser lo suficientemente para que otro no las despegue de tus matronales brazos. Ahí es dinero que tu compañía ha perdido, fruto de tu incompetencia, de tus ganas de tomarte una cerveza y hablar de la obra, o descansar, simplemente tomar a la muerte cerebral como compañera unas horas. O no es dinero, pero tienes que preguntar al teatro, perder tu único día libre en ir, buscar y quizás fallar en el intento.
En mi última expedición a los camerino de un escenario, perdí mis gafas. Sí, las de ver, aquellas que me dotan de funcionalidad. Con las que puedo ver a mis seres queridos o esquivar, si achino un poco los ojos, las balas que los enemigos me disparan. No soy gilipollas, lectora, llevaba las lentillas puestas, por eso no me percaté ¿Dónde estarán? No lo sé ¿Cuánto cuestan? Ponle unos 200 EUR. Siempre pienso lo que hubiera podido hacer con ese dinero de no haberlas perdido. Esta pregunta me corroe como el ácido a un cadáver. Esos 200 EUR podrían haber contribuido a la paz mundial por ejemplo. O a una buena cena, un regalo generoso de cumpleaños, unas entradas a unas cuantas obras de teatro; en definitiva, podrían haber sido mi felicidad o la de otra. Pero ahí estoy, tanteando el espacio a medida que me despierto en vías de llegar al baño a meterme dos trozos de plástico en mis legañosos ojos para ver si consigo verme otro día más la polla.
En general, no soporto que el mundo no funcione tal cual me gustaría. Que la consecución de mi acción no conlleve las consecuencias que espero. Porque espero que siempre sea así, estoy acostumbrado a predecir todo, a estimar cuando el acierto y cuando el fallo. Odio los inesperados pinchazos de bicicleta, los retrasos en el tren, los objetos que me dejo en sitios, las palabras que generan los sentimientos contrarios a ellas. Ojalá ser algo más dios y menos tener complejo de ello.
Ahora he empezado con la electrónica, ya sabes, abrir cacharros, ver cómo funcionan e intentar arreglarlos o mejorarlos. Bueno, me he cargado tantas cosas, cosas que podrían haberse reparado si una persona con mayor experiencia que yo las hubiese encontrado, claro. El momento de ser consciente de haber dejado peor algo conlleva muchas cosas:
- Te va a llevar mucho más tiempo arreglarlo.
- A lo mejor no lo arreglas.
- Has perdido el tiempo.
Y algunas son ciertas, y otras no. Sin embargo, me enfado y le pego un elegante puñetazo a la mesa cuando ocurre. Y sin embargo del sin embargo, recuerdo un pequeño vídeo que me salió de un tío que se dedicaba al mismo percal y relataba que él mismo se ha cargado varias gráficas NVIDIA RTX 5070 (1000 EUR aprox.) intentándolas hacer lo propio y que, precisamente por haberse equivocado tantas veces, oh sorpresa, ¡aprendió tanto! Nada es tan importante en realidad, los objetos, lo material, el dinero, no me parece tan importante. Creo que me he dado cuenta (precisamente era lo que quería hacer, reflexionar en torno a esto a ver si encontraba la key) **de que lo que me obsesiona es más la pérdida de tiempo, lo verdaderamente irrecuperable. El dinero solo es tiempo materializado. E intentar hacer min-max (minimizar coste, maximizar resultados) con ello está bien. Pero hasta que tenga la formula correcta, me tengo que permitir fallos. Y quizá ni llego a solucionar todos. Y esa prisa por hacerlo es la que me mata. ¡Oh, vaya ansiedad, siempre fuiste tú! La fatigada necesidad de que las cosas vayan más rápido de lo que ocurren. Y para eso no tengo solución. Al menos todavía, sigo buscándola.